Serie: 30 Días para Vencer la Ansiedad y el Temor
Día 1 — Cuando los pensamientos no te dejan dormir
Estudio por Pastor Daniel Praniuk
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.” Salmo 139:23-24
Introducción
Son las tres de la mañana. La casa está en silencio, quizá todos a tu alrededor duermen, pero dentro de tu mente hay una conversación que parece no terminar. Recuerdas la factura pendiente, el resultado médico que todavía no llega, una preocupación por tus hijos, una tensión en el matrimonio, algo que ocurrió en el trabajo o aquella conversación que salió mal. Entonces aparece una pregunta que alimenta muchas otras: “¿Y si sucede algo malo?” Miras el reloj, intentas dormir nuevamente y, veinte minutos después, vuelves a mirarlo. Ahora tienes dos preocupaciones: aquello que originalmente te inquietaba y el temor de que mañana estarás agotado porque no has podido descansar. Dia 1
Si alguna vez has vivido una noche así, quiero comenzar esta nueva serie diciéndote algo importante: sentir ansiedad o temor no significa automáticamente que seas un mal cristiano ni que Dios te haya abandonado. Somos seres humanos. Nuestro cuerpo se cansa, nuestras emociones pueden sentirse abrumadas y existen situaciones que legítimamente nos preocupan.
El Salmo 139 nos presenta a David haciendo algo profundamente saludable: en vez de esconder lo que ocurre dentro de él, lo abre delante de Dios. “Examíname… conoce mi corazón… conoce mis pensamientos… guíame”. Quizá esa sea también la invitación para nosotros al comenzar estos treinta días. No tienes que solucionar toda tu vida esta noche. Vamos a comenzar caminando con Dios un día a la vez, 15 minutos a la vez.
Punto 1: Puedes decirle a Dios lo que realmente estás pensando
Versículo clave: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos.” Salmo 139:23
Versículo relacionado: “Derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio.” Salmo 62:8
Muchas veces aprendemos a esconder lo que sentimos. Cuando alguien pregunta cómo estamos, respondemos rápidamente: “Bien, gracias a Dios”, aunque por dentro estemos agotados. Y, sin darnos cuenta, podemos llevar ese mismo hábito a la oración: utilizamos palabras correctas, agradecemos, pedimos por otras personas, incluso citamos versículos, pero evitamos mencionar aquello que verdaderamente nos está quitando la paz.
David hace exactamente lo contrario. “Examíname, oh Dios”. No porque Dios necesitara descubrir algo que desconocía, sino porque David estaba dispuesto a abrir delante de Él aquello que llevaba dentro. El Salmo 139 comienza reconociendo precisamente que Dios ya nos conoce: sabe cuándo nos sentamos, cuándo nos levantamos y aun conoce nuestros pensamientos. Por eso la oración no necesita ser una actuación.
Con los años de ministerio he aprendido que una de las cosas que más alivio produce en una persona angustiada es descubrir que puede dejar de aparentar delante de Dios. Puedes decir: “Señor, tengo miedo de que el resultado médico sea malo”. “No sé cómo voy a pagar esta deuda”. “Estoy preocupado por mi hijo”. “Tengo miedo de perder mi trabajo”. “No sé qué va a suceder con mi matrimonio”. Eso no es incredulidad; es honestidad.
La fe no consiste en negar lo que sentimos. Consiste en aprender qué hacemos con aquello que sentimos.
Hay una diferencia entre decir “tengo miedo” y concluir “por lo tanto, Dios me abandonó”. Entre reconocer “no sé cómo voy a resolver esto” y decidir “no existe ninguna salida”. La primera frase describe nuestra experiencia; la segunda puede convertirse en una interpretación que necesita ser examinada.
Por eso, durante esta serie no intentaremos esconder la ansiedad debajo de frases religiosas. Primero aprenderemos a llevarla delante de Dios. La oración no siempre comienza con una respuesta. Muchas veces comienza con una frase mucho más sencilla: “Padre, esto es lo que realmente está pasando dentro de mí.”
Punto 2: Tus pensamientos necesitan ser examinados, no obedecidos automáticamente
Versículo clave: “Pruébame y conoce mis pensamientos.” Salmo 139:23
Versículo relacionado: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo… en esto pensad.” Filipenses 4:8
Cuando estamos ansiosos, la mente tiene una extraordinaria capacidad para viajar hacia escenarios que todavía no han ocurrido. “¿Y si pierdo el trabajo?”. “¿Y si el médico encuentra algo?”. “¿Y si mi hijo toma una mala decisión?”. “¿Y si no puedo pagar?”. “¿Y si todo termina mal?”. El archivo del Día 1 identifica aquí una dinámica fundamental: después de repetir mentalmente una posibilidad muchas veces, podemos comenzar a sentirla como si ya fuera una realidad.
Pero un pensamiento no es necesariamente una profecía.
Esto será muy importante durante los próximos treinta días. No todo pensamiento que aparece en nuestra mente merece ser creído. Tampoco necesitamos sentirnos culpables porque apareció. Hay pensamientos que nacen del cansancio, otros del miedo, algunos de experiencias anteriores y otros de problemas reales que necesitamos atender. En lugar de preguntarnos obsesivamente “¿por qué pensé esto?”, muchas veces será más útil preguntarnos: “¿Qué evidencia tengo de que esto que estoy pensando es verdad?”.
Imagina que son las dos de la mañana y piensas: “Seguramente voy a perder el trabajo”. Detente. ¿Te despidieron? ¿Te anunciaron que van a hacerlo? ¿O estás convirtiendo una posibilidad en una certeza? Tal vez exista una situación laboral real que necesite atención. Entonces podrás ocuparte de ella mañana. Pero no necesitas vivir mentalmente esta noche un despido que todavía no ocurrió.
Lo mismo puede suceder con nuestra salud. Un síntoma merece atención responsable, y si es necesario debemos consultar a un médico. Pero buscar atención médica es diferente de pasar tres horas construyendo mentalmente el peor diagnóstico posible.
Examinar nuestros pensamientos no significa decir que “todo estará bien” cuando no sabemos cómo terminará una situación. Significa algo más sobrio: no convertir todas las posibilidades en certezas.
Durante estos treinta días aprenderemos poco a poco a detenernos entre un pensamiento y nuestra reacción. No podremos controlar cada pensamiento que aparezca, pero sí podemos aprender a no entregarles automáticamente nuestra confianza.
Punto 3: Dios permanece presente cuando llega la noche
Versículo clave: “Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día.” Salmo 139:12
Versículo relacionado: “He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel.” Salmo 121:4
La noche tiene una manera particular de amplificar nuestras preocupaciones. Durante el día existen conversaciones, trabajo, responsabilidades, ruido y movimiento. Pero cuando la casa queda en silencio, aquello que habíamos conseguido mantener en segundo plano puede ocupar repentinamente toda nuestra atención. El problema parece más grande a las tres de la mañana que a las tres de la tarde.
Precisamente dentro del mismo Salmo 139 encontramos una verdad hermosa: “Aun las tinieblas no encubren de ti”. La oscuridad que te rodea no limita la presencia de Dios. Quizá nadie sabe que estás despierto. Dios sí. Tal vez la persona que duerme a tu lado desconoce la conversación que está ocurriendo dentro de tu mente. Dios la conoce.
Y aquí el Salmo 121 añade otra imagen profundamente consoladora: Dios no duerme.
Esto no significa que, si confiamos suficientemente, siempre lograremos dormir de inmediato. El insomnio puede tener muchas causas y, cuando es persistente, merece ser atendido responsablemente. La promesa es diferente y, en cierto sentido, todavía más profunda: tú puedes dormir porque no necesitas ocupar el turno de Dios.
Piensa en cuántas noches permanecemos despiertos intentando resolver mediante pensamientos aquello que no podemos resolver a esa hora. Repasamos conversaciones, imaginamos escenarios, diseñamos respuestas y tratamos de controlar el día siguiente desde la cama. Pero llega un momento en que continuar pensando ya no produce una solución; solamente produce más agotamiento.
Entonces podemos decir: “Padre, este problema seguirá existiendo mañana, pero Tú también estarás allí. Ahora necesito descansar”.
Como pastor, he aprendido que confiar en Dios no siempre significa recibir inmediatamente la solución. Algunas noches confiar significa simplemente aceptar nuestros límites. Mientras tú descansas, Dios continúa siendo Dios.
Punto 4: No añadas culpa a tu ansiedad
Versículo clave: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino.” Lucas 12:32
Versículo relacionado: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.” 1 Pedro 5:7
Hay personas que sufren dos veces. Primero sufren por aquello que les preocupa. Después comienzan a castigarse porque están preocupadas: “Si tuviera más fe no me sentiría así”. “Un verdadero cristiano no tendría ansiedad”. “Quizá Dios está decepcionado conmigo”. El problema original continúa allí, pero ahora lleva encima una segunda carga: la culpa. El archivo coloca acertadamente este tema en el corazón del primer día de la serie.
Observa la ternura de Jesús: “No temáis, manada pequeña”. Él no habla con personas incapaces de sentir miedo; precisamente porque conoce su temor las conduce nuevamente hacia el Padre.
Durante esta serie debemos mantener una distinción importante. La Biblia nos invita repetidamente a confiar y a no vivir dominados por el temor, pero eso no significa que toda experiencia de ansiedad sea un pecado consciente. Nuestro cuerpo participa de lo que vivimos. El agotamiento, una pérdida, experiencias traumáticas, problemas familiares, incertidumbre económica y diferentes condiciones de salud pueden influir profundamente en cómo nos sentimos.
Por eso no quiero que estos treinta días se conviertan en otra carga. No vamos a utilizar un versículo para golpearnos cada vez que sintamos ansiedad. Vamos a aprender a utilizar la Palabra como una luz que nos ayuda a caminar en medio de ella.
Y si la ansiedad es persistente, intensa, produce ataques de pánico, interfiere seriamente con el sueño, el trabajo o las relaciones, buscar ayuda no significa abandonar la fe. El propio archivo recomienda hablar con un pastor de confianza, un consejero, un profesional de salud mental o un médico cuando sea necesario.
Podemos orar y recibir atención profesional. Podemos leer la Biblia y aprender herramientas psicológicas saludables. Podemos confiar en Dios y reconocer que necesitamos ayuda.
No tienes que demostrar tu espiritualidad sufriendo solo.
Punto 5: No tienes que resolver mañana esta noche
Versículo clave: “Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán.” Mateo 6:34
Versículo relacionado: “Basta a cada día su propio mal.” Mateo 6:34
Una de las trampas más agotadoras de la ansiedad consiste en intentar solucionar mentalmente problemas que todavía no han ocurrido. El cuerpo permanece acostado en la cama, pero la mente ya está viviendo el martes, la próxima semana, el resultado del examen médico, la conversación del viernes y una situación que quizá nunca suceda. El archivo resume esta idea con una frase que merece acompañarnos durante toda la serie: “No tienes que vivir todo el mañana esta noche.”
Jesús no está promoviendo irresponsabilidad cuando dice que no nos afanemos por mañana. Planificar y preocuparnos interminablemente no son lo mismo. La planificación pregunta: “¿Qué puedo hacer?”. La preocupación repetitiva suele preguntar una y otra vez: “¿Y si ocurre lo peor?”, incluso cuando ya no existe ninguna acción útil que podamos realizar en ese momento.
Quizá mañana tengas que hacer una llamada. Hazla mañana. Tal vez necesites revisar tus cuentas y elaborar un presupuesto. Hazlo cuando puedas trabajar realmente con los números. Puede que debas pedir una cita médica, conversar con tu cónyuge o enfrentar una situación laboral. No estamos huyendo de esas responsabilidades.
Pero a las tres de la mañana, acostado en la cama, probablemente no puedas resolverlas.
Una práctica sencilla puede ayudarte a distinguir ambas cosas. Pregúntate: “¿Hay algo útil que pueda hacer respecto a esto ahora mismo?” Si la respuesta es sí, identifica esa acción. Si la respuesta es no, anótala para mañana y date permiso para regresar al presente.
La fe no nos pide despreocuparnos de todo. Nos enseña a reconocer qué nos corresponde hacer y qué no podemos controlar.
Durante los próximos treinta días volveremos muchas veces a esta frontera. Hay cosas que podremos cambiar. Otras necesitarán tiempo. Algunas requerirán ayuda. Y habrá otras que tendremos que colocar repetidamente en las manos de Dios.
Esta noche no necesitas resolver mañana. Esta noche solamente necesitas atravesar esta noche.
Conclusión: Esta noche puedes comenzar entregando una sola carga
Quizá comenzaste esta serie esperando encontrar una fórmula que haga desaparecer para siempre la ansiedad. No quiero prometerte algo que la Biblia no promete ni crear una expectativa que después termine produciendo más culpa. No puedo asegurarte que después de estos treinta días nunca volverás a sentir miedo. Tampoco puedo decirte que después de leer este estudio todos tus problemas desaparecerán o que esta noche dormirás perfectamente. El propio material del Día 1 establece esa expectativa con mucha claridad.
Podemos comenzar con algo más pequeño y, quizá por eso mismo, más real: no tienes que enfrentar tus pensamientos solo.
El Dios del Salmo 139 conoce tu corazón. Conoce aquello que estás pensando mientras todos duermen. Sabe qué parte de tu preocupación corresponde a una situación real y qué parte pertenece a escenarios que todavía no han ocurrido. Conoce también aquello que ni siquiera sabes explicar.
Y David termina su oración con dos palabras: “Guíame”.
Tal vez no necesitas conocer hoy los próximos cien pasos. Quizá solamente necesitas reconocer el siguiente.
Durante estos treinta días vamos a aprender juntos a identificar nuestros temores, examinar nuestros pensamientos, llevar nuestras cargas delante de Dios y desarrollar hábitos de confianza.
Un día a la vez.
15 minutos a la vez.
UNA PALABRA PARA TU CORAZÓN
Si esta noche tu mente vuelve a acelerarse, no conviertas ese momento en una batalla contra ti mismo. Reconoce lo que está pasando, habla con Dios y recuerda que un pensamiento no es necesariamente una realidad. Hay cosas que atenderás mañana. Por ahora, puedes decir: “Padre, Tú estás aquí. Guíame en este momento y ayúdame a descansar en lo que no puedo controlar.”
Antes de acostarte esta noche, toma una hoja y escribe una sola preocupación, no diez. Después lee lentamente Salmo 139:23-24 y pregúntate qué parte de esa situación puedes atender responsablemente y qué parte está fuera de tu control. Abre tus manos delante de Dios y háblale con tus propias palabras. Luego guarda el papel dentro de tu Biblia o en algún lugar cercano. Si el pensamiento regresa durante la noche, puedes recordarte: “Ya hablé con Dios acerca de esto. Mañana haré lo que me corresponda. Ahora puedo volver a ponerlo en Sus manos.” Esta es precisamente la práctica propuesta para cerrar el primer día.
Oración sugerida: “Señor, Tú conoces mi corazón y sabes cuánto me preocupa esta situación. Conoces también los pensamientos que aparecen cuando intento descansar. Examíname y ayúdame a distinguir entre lo que está ocurriendo realmente y aquello que estoy temiendo que podría suceder. Dame sabiduría para hacer lo que me corresponde y ayúdame a confiarte lo que está fuera de mis manos. Cuando llegue la noche, recuérdame que no necesito permanecer despierto intentando controlar el mañana. Tú estás conmigo. Guíame en el camino eterno. Amén.”
Preguntas para Reflexión :
- 1. ¿Qué pensamientos aparecen con mayor frecuencia cuando estás preocupado o intentas dormir, y qué emociones producen en ti?
- 2. De esas preocupaciones, ¿cuáles corresponden a problemas que están ocurriendo realmente ahora y cuáles pertenecen a situaciones que temes que podrían ocurrir?
- 3. ¿Alguna vez has sentido culpa por experimentar ansiedad o temor porque pensabas que un cristiano no debería sentirse así? ¿Cómo ha influido esa culpa en tu relación con Dios?
- 4. Si esta noche pudieras colocar solamente una preocupación en las manos de Dios, ¿cuál sería y qué parte de ella puedes atender responsablemente mañana?
- 5. Después de leer Salmo 139:23-24, ¿qué pensamiento, temor o manera de interpretar una situación necesitas pedirle a Dios que examine y guíe?